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La vida cotidiana en la dictadura. (1982)

Crónicas de la Democracia ( 40 años después) (DOS)

Hoy (27 de diciembre de 2022) todos y todas menores de 40 años no tienen recuerdos de que significaba vivir bajo el terror de una dictadura. Los que hoy tienen 50 años o un poco más quizás puedan con esfuerzo recordar algún que otro momento de miedo o zozobra. Es difícil darse cuenta pero sólo los mayores de 55 o 60 años de hoy tienen conciencia de esos años de terror en los que transitábamos temiendo que por equivocación o sin equivocación fuéramos desaparecidos, asesinados o en el mejor de los casos viviendo después de la tortura.
Pasaron cuarenta años del fin de la dictadura y cuarenta y siete del comienzo.
El 24 de marzo de 1976 el comandante en jefe del ejército argentino, Jorge Rafael Videla, conjuntamente con el Almirante Massera y el Comodoro Agosti, derrocan con el apoyo de sectores civiles y de la Iglesia, al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón (Isabelita)
Una coincidencia generacional: los tres dictadores de la Junta del Proceso de reorganización Nacional tenían al asumir 51 años. Cristina Fernández en 1976 tenía 23 años y Néstor 26 años.
Hubo un día de júbilo: asumía Cámpora.
Entre junio de 1973 y Noviembre de 1978 viví en Caracas, Venezuela. Fue una decisión que hoy me cuesta entenderla. El 20 de junio de 1973 la mayoría de mis amigos y amigas de esos tiempos fueron a Ezeiza a recibir a Perón. Mejor dicho, intentaron llegar a Ezeiza. Se volvieron cuando en el camino bajo una lluvia torrencial descubrieron que la “fiesta” podría convertirse en una catástrofe.
Yo no era peronista, pero había votado a Cámpora. El 25 de Mayo fui a la plaza, canté la marcha y a eso de las seis de la tarde con el que era mi cuñado de entonces y otros “compañeros” empezamos a caminar por Corrientes rumbo a la cárcel de Villa Devoto. Ahí las consignas que cantábamos me hacían sentir más cómodo: Perón-Evita, la patria Socialista. Pero había otras consignas que se habían quedado en la Plaza “Paredón, paredón a todos los milicos que vendieron la nación”
Ya eran las doce de la noche cuando lo vi a Paco Urondo llevado en andas por la calle Bermúdez. No había ni fernet ni cerveza. No había marihuana ni cocaína. Había fervor, alegría, militancia.
Viajo a Venezuela el día que asume Lastiri la presidencia de la Nación, el 13 de julio de 1973. Ahí nacen dos de mis seis hijos. Virginia en noviembre de 1973 y Esteban, el 14 de octubre de 1977. Soy uno de los 100 mil argentinos que emigran a Venezuela, entre 1973 y 1978.
Las corbatas de Lastiri
Compro la revista Gente en la avenida principal de Caracas, Sabana Grande, en el kiosko a quien apodaremos “bocina”, un porteño que desde unos meses antes encuentra un negocio relacionado con un avance de argentinos que se radican en Caracas: un kiosko de diarios que en principio es un par de cajones en los que Bocina acomoda algunos ejemplares de Clarín de los domingos, otros de La Nación y dos revistas Gente y 7 Días.
En la tapa de la Revista Gente, el ex presidente, Lastiri se pavonea mostrando su colección de corbatas. Su mujer, la hija de López Rega, luce como una emperatriz, recostada en su cama matrimonial del estilo de la Roma de Nerón.
Transcurre el verano de 1976 en Buenos Aires. Época de lluvias en Caracas. Ya somos más de 30 mil argentinos en Venezuela. Muchos nos juntamos en un bar de Chacaíto, sobre la avenida Francisco de Miranda. Perón había muerto, Isabelita era presidenta y López Rega estaba en caída libre. En Venezuela se respira aire de democracia, los bolívares (denominación de la plata local) vuelan por restaurantes, los aviones, los shoppings. Carlos Andrés Pérez es el presidente y cientos de argentinos se lucen en sus profesiones: psicoanalistas, científicos, periodistas, publicitarios, médicos, docentes, etcétera.
Asoma la muerte.
Desde antes del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 ya la Argentina es campo de muerte. La Triple A (para recordarles a los más jóvenes, La Alianza Argentina Anticomunista) anuncia un futuro de terror. Los Falcon Verdes y otros de otros colores, pululan por la ciudad con sirenas en los techos y agentes de los servicios que hacen asomar las metralletas por sus ventanas.
Cuando poco antes de morir Perón echa a los movimientos de liberación de la Plaza de Mayo el 1° de mayo de 1974 la suerte estaba cantada.
Vivir en un país con escuadrones de la muerte, con el terrorismo de Estado a flor de piel, con destrucción, robo y asesinatos no parecía un paraíso.
Ser joven era sinónimo de sospechoso. Tener barba era prueba de guerrillero. El pelo largo un símbolo de guerra.

(continuará) 

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